
Caminaba sola por aquellas calles de Roccella Jonica.
Las construcciones se mezclaban entre antiguas y modernas.
Las ventanas le ofrecían los sueños. Las mujeres mayores sentadas en la puerta viendo pasar la vida. En el cartel decía “Vía Petto Dell l Oro”.
Respiró profundo aquel aire de mar. Olvidar, la clave. Volver a empezar, la meta.
Era primavera. Había nacido en primavera.
El mar estaba más azul que de costumbre. Solía bajar a la playa, adoraba hundir sus pies en la arena y contemplar aquella imagen. ¿Dónde empezaba el cielo? ¿Dónde terminaba el mar?
Barcos encallados, sin dueños. Los tomaba prestados, allí escribía. No paraba de escribir.
Extrañaba, pero sabía que no podía volver.
El atardecer le traía nostalgia y escribía.
Esta vez cartas a sus padres que iniciaban, Italia, 1998. Ni mes, ni día, ni ciudad.
Contaba poco y nada. Aseguraba que se encontraba bien.
Su alma guardaba un profundo dolor. La duda la tenía prisionera y aquél lugar la refugiaba del miedo.
Una tarde salió a caminar como de costumbre, con su cuaderno en mano, por si la inspiración la sorprendía. Llevaba puesto un vestido floreado y una pequeña bandolera hecha con retazos de diferentes telas, que le había regalado una vecina, a pocos días de su llegada.
Él, recorría la ciudad en bicicleta. Había dejado Buenos Aires para apartarse de las presiones laborales.
Le gustaba pintar. Esos paisajes eran ideales.

Al pasar por su lado, el perfume lo atrapó. Voltió para mirarla en detalle y vio que su cuaderno estaba en el piso. Lo tomó y sintió ganas de leerlo. Se contuvo. Dejó su bicicleta y corrió hasta alcanzarla.
- ¿Esto es tuyo? Preguntó.
Ella giró lentamente y reconoció su vida en las manos de aquel extraño. El cuaderno era clave. Allí estaba la verdad.
- Muchas gracias. Dijo sin poder evitar perderse en sus ojos azules.
Caminaron hacia la playa. Encontrarse con un argentino la hizo sentir cerca de sus afectos.
Charlaron un par de horas. Disfrutaban de la compañía.
Al día siguiente se volvieron a encontrar.
Ella se sentó en el umbral de una vieja casa a escribir sobre la vida de un pintor. Él dibujó a una hermosa mujer escribiendo, en la “Vía Petto Dell L Oro”.
La cita era esa noche. Ella aceptó.
Las dudas ya no estaban. Su alma conocía nuevos caminos.
Las noches de primavera son aún más lindas que los días. Cenaron bajo aquel cielo mientras escuchaban típicas canciones italianas.
Luego caminaron rodeando el mar. Una suave brisa corría el pelo de su cara. Él la observaba y solo sonreía.
La llevó hasta la puerta de su casa y se despidieron con un beso en la mejilla.
Esa noche escribió otra carta. Italia, 1998. Esta vez las palabras eran para aquel amor que había quedado en su país. El mismo que vistió de gris sus días y nubló su corazón.
Por quien lloró noches enteras. Su primer gran amor. Aquél que le enseñó a vivir, el que no la supo amar.
Aquellas palabras fueron una despedida. Una liberación.
Italia había sido el lugar ideal, su hogar a partir de aquella noche.
Mil nueve noventa y ocho el año que comenzó a ser feliz.