25 enero 2012

EN EL JARDÍN DE LAS ROSAS IX

Habían pasado dos meses desde que apareció y tres de su muerte.
El veinticuatro fuimos a llevarle flores a su tumba. Antes, él creía que las fechas especiales eran una cuestión marketinera. También estaba comprobado que el alma se desprende del cuerpo y que lo único que hay enterrado son huesos. Así y todo tuvimos que llevar flores a su lápida. Yo ya no lloraba. Me había acostumbrado a que esté a mi lado nuevamente. Él se sorprendió de mi reacción.
- ¿No vas a llorar?
- No. – dije en forma despreocupada.
- ¿Y por qué?
- Martín, estas al lado mío como voy a llorar.
- ¿Ya no me extrañas?
- Ja como te voy a extrañar si hasta vivís conmigo. Estas las veinticuatro horas del día a mi lado. Hace dos meses que no veo a mi novio, que no salgo con mis amigas, que me dedico a trabajar y a ayudarte a encontrar la solución a tu problema.
- Ya veo. Preferirías que estuviese muerto.
- Por favor, no hables pavadas. Estoy feliz de que estés acá. Pero también se que esto tiene fecha de vencimiento. ¿Y que va a ser de mi entonces? No sólo un duelo sino dos. Dos despedidas. Es mucho para una sola persona.
Dejamos las flores, nos persignamos y salimos para seguir con nuestra difícil tarea.



Pensar que la cuenta pendiente podía ser unir a su familia no era una idea descabellada. Pero como involucrarnos, mejor dicho como involucrarme con gente que apenas cruzaba algunas palabras referidas al trabajo. Yo era para él su hermana. Pero no una hija para su padre. Bien lejos estaba, Ernesto, de tener sentimientos de cariño hacia mí.
Había que intentarlo. De a poco me fui acercando. Trataba de que se sintiera cómodo en el puesto de Martín. En cambio su hijo no podía con su genio y se ponía nervioso por las dediciones apresuradas que tomaba su padre.

- No cambia más – dijo agarrándose los pelos como queriendo quitárselos. – si esta es mi cuenta pendiente, voy a estar en este plano eternamente.
- Tenés que ser más positivo. Todos podemos modificar algo de nuestra personalidad. Se que es difícil y que esta vez, yo no soy de gran ayuda.
- Intentálo. Si lo logras, te doy un premio.
- Lo voy a intentar. Por lo menos logré que me hable diez minutos seguidos. Eso es mucho decir.
Era más que claro que este era el desafío mayor. Ernesto y yo éramos polos opuestos. Tratar de congeniar llevaría un tiempo y la realidad era que tanto Martín como yo estábamos agotados.
Un día decidí que era hora de hablar seriamente con Ernesto. Esta vez le pedí a Martín que desapareciera por un rato. Necesitábamos estar a solas.
Tomé valor y me fui hasta el bar donde desayunaba todas las mañanas. Estaba cometiendo dos faltas, una era interrumpirlo en su momento de soledad pero la más grave era salir del trabajo sin permiso.
Apenas me vio su cara se transformó. Sentí que la idea de estar en el mismo espacio no le agradaba. Se preocupó porque pensó que había pasado algo malo.

- Quedese tranquilo, todo esta bien. Sólo quería charlar un rato con usted ¿Me permite sentarme?
- Sí – dijo en tono serio.
Yo sabía que en realidad no tenía ganas de cruzar palabra conmigo. De trabajo no íbamos a hablar. Lo único que nos unía era Martín, y él ya no estaba.

- Es difícil seguir adelante ¿no? – dije intentando entablar una conversación.
- Bastante. A veces siento que no fui buen padre.
La confesión me permitía ahondar más en el tema.
- Martín lo quería mucho. Por supuesto que había cosas que no compartía – sentí la sensación de que me estaba metiendo demasiado, pero Ernesto parecía permitírmelo.
- Éramos muy diferentes.
- En algunas cosas, en otras no tanto.
- Él estaba molesto conmigo este último tiempo.
- Creo que siempre le recriminó lo mismo.
- ¿Qué cosa? – su tono de voz abandonó la compasión para volver a la dureza con la que siempre se dirigía a todos. Hice un silencio y pensé si realmente correspondía contar lo que Martín me confesaba. Tampoco debía olvidar que Ernesto era mi jefe, por lo tanto corría el peligro de que en ese mismo instante me despidiera por metiche. Pero también tenía una misión que cumplir, y era ayudar a Martín. Me arriesgué.
- Debería ser más cariñoso. Saludar por las mañanas. Tratar de charlar con la gente. Sobre todo con su familia.
- ¿Eso es lo que crees?
- No por Dios. Eso creía Martín.
- ¿Y vos compartías ese pensamiento?
- Creo que sí. – cerré los ojos esperando el despido inmediato.
Eso no sucedió. Ernesto se quedó en silencio, pensativo. Supuse que era hora de irme a reunir con su hijo.
- Tengo cosas que hacer. Gracias por el café.- y me retiré para que él siguiera reflexionando.
Martín no estaba. Tal vez había encontrado, hablando con su padre, la solución.
Me resigné a volver a la realidad. Me senté en mi escritorio y comencé con mi tarea.
Volví a casa esa tarde y no sabía qué hacer. Mis amigas tenían planes organizados en los cuales, obviamente, no estaba incluida. Mi novio estaba enojado conmigo por haberle pedido un tiempo para reflexionar vaya a saber qué. Y Martín se había ido.
Mi vida volvía a comenzar de cero. Debía recomponer mis relaciones con los seres vivos.
Pasaron cuatro meses.
Las cosas habían cambiado. Ernesto me saludaba con un beso todas las mañanas y yo estaba feliz por conservar el trabajo. Hablaba con Víctor, cada tanto.
Con la que no había vuelto a hablar era con Carolina. Ella había decidido hacer un viaje con sus padres durante unos meses. Me extrañó su decisión pero cada uno sobrellevaba como podía el dolor por la ausencia de Martín.
Lo extrañaba. A menudo recordaba nuestras últimas aventuras.
Para matar el tiempo comencé a escribir todo lo que fuimos viviendo. Cuando me quise dar cuenta tenía una novela casi terminada.
Por las noches trataba de concentrarme buscando el final. Tantas páginas habían fluido tan rápidamente que me parecía imposible no darle un broche de oro a mi escrito.

- ¿No sabés como terminarla?
Era la voz de Martín. Salté de la silla para tenerlo frente a frente. Nos abrazamos durante un largo rato y apenas recuperé el habla le pregunté.
- ¿Qué haces acá? ¿No te habías ido ya?
- No. Simplemente quise que creyeras que ya me habías ayudado y que de ese modo recuperases tu vida. Me sentí culpable.
- ¿Cómo pensaste una cosa así? ¿Dónde estuviste todo este tiempo?
- Por ahí.
- Cuantos intentos llevamos ya, y todavía no descubrimos cuál es tu cuenta pendiente – dije agotada de buscar soluciones.
- Yo creo saber cuál puede ser mi pasaje.
- ¿Enserio?
- Vos.
- ¿Yo?
- Sí. Vos. Tu sueño no es trabajar en la empresa. Es ser escritora. Vivir de eso. ¿Me equivoco?
- No. Pero eso no es tan fácil de cumplir.
- Dejáme que lo intente.
- Es una locura.
- Todo es una locura – reímos contentos de volver a estar juntos.
Durante ese mes me ayudó a cumplir mi sueño. Mi primer libro salía a la venta y mis talleres literarios funcionaban de maravilla. Cada vez trabajaba menos horas en la empresa y me sentía libre. Con desilusión descubrimos que esa tampoco era la cuenta pendiente.

6 comentarios:

Rochitas dijo...

no recordaba este capítulo. La charla con Ernesto fue en Jazmin o Oui Oui, o en Nuevo Almacén (?) me gustó el ritmo y el nuevo comienzo en el final.

Escribir es seducir dijo...

LA CHARLA FUE EN OUI OUI EL BAR "RARO" PARE ERNESTO JAJAJAJAJA NO CONOCE EL JAZMÍN

Jordim dijo...

Escribes muy bien, con detalle y sin miedo a desarrollar, sigue en ello.

Cecy dijo...

ya estoy empezando a lagrimear...

La sonrisa de Hiperión dijo...

Estupendas siempre, las cosas que nos dejas...

Saludos y buen fin de semana.

K. dijo...

feliz de haberte devuelto la visita y encontrarme un rincón tan especial
un abrazo
K